martes, 29 de enero de 2013

Cuento fantástico


Amados les relataré un cuento fantástico que ocurrió en el reino metafísico Teo.
Yo era completamente ingenuo en las artes de aquel reino.  Llegué a él por casualidad. A la vuelta de la esquina, caminaba desprovisto de toda preocupación hasta que me encontré con Bulnes y allí estaba. Algo viejo, medio húmedo, pero tenía un hermoso espacio y lugares para estar y compartir comunitariamente.
El reino me sedujo, me quedé, me embrujó. Allí conocí a la Reina Madre El-Bel. Al comienzo todo parecía normal, pero con el tiempo todo lo oscuro de su reino comenzó a revelarse. La conocí. Le temí. Como todos lo que habitan dicho reino.
Ella era única en su género, la hija menor del reino perfecto de los dioses familiares. Nuera del Dios sol, casado con un tierno Dios, que en nada le contrapesa. Ella es única, reina-madre tiene la última palabra, nada se le opone, consigue todos sus designios. Conoce todos los saberes, está llena de sabiduría, tiene seguidores que le temen. Es que sin ella nada es, con ella todo el universo de teo se doblega. Ella ha viajado a ultramar, conoce el lenguaje de los misteriosos seres, ha conocido a los dioses más importantes. Sus escritos corren por el mundo. Aunque en realidad pocos los han visto.
Nada es igual a ella, nada le hace sombra, todo lo que hacen los demás se ensombrece ante su presencia. Es que es extraño que ella no sea la reina de todos los dioses. Me atrevo a afirmar que podría ser Dios, nadie se explica por qué no se le ha designado. Ella lo ilumina todo. Nunca enfrenta las tormentas, las dificultades las contradicciones. Nunca da la cara, son sus esclavos quienes pelean por ella. La sangre derramada por las batallas, no salpica sus aúreos vestidos largos de Virgen Santa. Es que ella no desciende a ese terrenal mundo de los humanos. Siempre está por sobre lo humano. Guarda las apariencias, habla metafóricamente, tiene piedad de los pobres mortales que no entienden su circular y críptico diálogo de sordos. Incluso inventa sus propios valores, es una reina Nietzscheana-postmoderna. Crea sus propios valores. Está más allá del bien y del mal. Sus discípulos cual sicarios la defienden a brazo partido –dan puñaladas por la espalda-. Nada les detiene-ciegos luchan, hablan, crean insidias, se convencen a sí mismo, se retroalimentación de la insana sabiduría, siempre se encuentran razón y planean contra sus enemigos-. Todos están contra ella, ella es la única que ostenta la verdad. Su Verdad es el tipo Parmenídeo, esférica y eterna, única, permanente, como su cofradía, la única, la eterna, su comunidad es perfecta, todos los demás somos escoria -es que no puede ser de otra forma-. Pero ella no lo dice de frente, lo conversa en silencio con sus humildes seguidores, camina - emulando sin saberlo a los paripatéticos filósofos (ella mira con recelo a los filósofos)- por los pasillos destilando su pestilencia, sus discípulos beben de su histórica y sistemática sabiduría. Nadie puede contradecirle. Nadie puede ir contra ella. Nadie podrá seguir sus caminos si primero no se subyuga a su terrible égida.
Por eso estimados lectores, escribo este cuento. Yo el muy pecador, me atreví a decirle: No. A contradecirla. A Pensar por mí mismo, a creer cosas distintas. A ser hombre, a ser varón, a tener carácter. A decir lo que pienso en voz alta. A exponerla públicamente, en sus bajezas, en sus mentiras, en su manipulación. Ahhhhh, pero yo no contaba con su fuerza, con su lengua viperina, que todo lo mancha, que todo lo comenta,  que todo lo ensucia. La verdad en ella no existe, la realidad la construye, la transforma, la manipula, la tergiversa, la crea. Toda verdad para por ella, sin su aduana, no existe. Es que ella crea su propia realidad. La realidad no existe para esta reina.
Confieso y me arrepiento, pobre mortal. Me opuse a sus designios. Entonces sentí sus dardos, su furia, escondida, solapa, pero furia perversa. Me anuló, me sustento, me sacó de su reinó, me tiró, me nadificó (si esa palabra existiera) porque en dicho reino nadie más puede mandar. Ella reina sin parangón. Cuando alguien se le opone, entonces se sentencia a sí mismo a la muerte-muerte literal, para ella no hay términos medios. Ella es capaz de deportar a los extranjeros, de anular a los enemigos, de sacar de su reino a todo el que se coloca en su camino. Tiene el poder de reescribir la historia, que es su historia. Especialmente si quien se opone es hombre-género maldito, necesario, pero maldito, sólo sirve para procrear, el  sucio sexo no es deleite de los dioses como ella-.
Es que todos deben rendirle pleitesía. Incluso los poderosos y ricos dioses del norte. Es que ellos todo se lo han pagado. Ella no paga nada, nada adeuda. Los demás, tenemos que pagarlo todo. A ella todo se lo han pagado. Su gran educación. En los más grandes reinos extranjeros-del Sol. Fue pagado. Sus viajes al reino de los castillos suntuosos son pagados. Sus visitas para compartir la sabiduría, son pagados. Ella nada paga, nada presta. Ella no da caridad. Los dioses no son caritativos-esa es su consigna-. Es que esa palabra no está en su vocabulario. Ella abre su boca para que se la llenen se la sacien. Pide, y debe concedérsele-todo por gracia. Su hermana reina de reino de las montañas nevadas sustenta a su familia. Ella está tranquila.
Pero, lamentablemente, ha anunciado que se va del reino. El reino tirita, ¿Qué sería de ellos sin ella? Es que ella no es de este mundo. Está por sobre todos nosotros. Sin ella este reino no existe. Se va a otros reinos de mayor sabiduría. Donde a ella la valoran, la aman, la necesitan. Hace mucho tiempo lo ha anunciado, pero aún no ocurre, pero ocurrirá (Ya, pero todavía-no). Mientras tanto sufre con las pequeñeces de nosotros los mortales.
Confieso que pequé que me opuse a su égida. Que he caído bajo la condena de la Reina-Madre del mundo de Teo.
Finalmente, acabo de salir de allí-fue como una pesadilla. Por mucho tiempo viví en ese lugar. En una parte le seguí su juego- creí que era normal-, incluso le rendí pleitesía a su malévola aura, rodeado de sabiduría, de mentiras y engaños. Acabo de salir y me di cuenta de lo pequeño que es dicho mundo. Es un mundo demasiado pequeño –y ella una reina insignificante-. Me di cuenta que ella no era Dios- ¿Qué mortal podría serlo?-. Que su sabiduría es humana-demasiado humana- y mundana-perversa- como dice el libro de Santiago. Por eso estoy feliz. Lo deseo compartir con ustedes. Este escrito me lo debía y lo debía a mis amigos, para ellos va. Con esto termino este ciclo. Gracias amigos cuando escucharon y callaron, cuando entendieron y esperaron lo explicación. Estoy feliz. Si Feliz. Lo lamento por los que se quedan. Espero un día sean también liberados.
Gracias a Dios y a ustedes por todo.
Concepción, Barrio Universitario.
03 de Abril del 2012
Pedro Seguel Garrido.
Concepción, Chile.             

lunes, 28 de enero de 2013

Confieso que no he vivido- Día de las madres 2012


Confieso que no he vivido, en recuerdo de mi madre (y mi padre)
En el día de la madre
Como Sartre escribo en los restaurantes y sobre las servilletas y como el viejo Pablo Neruda escribo sobre lo cotidiano (Estoy cerca de una de las casas de aquel viejo poeta vividor); y como el loco lúcido de Nietzsche nada de lo humano me es desconocido.
Confieso madre –en tu día, día de la madre- que hace poco he comenzado a vivir. Madre desde hoy soy escritor. No es título más en mi curriculum, no me lo ha dado la academia. Me lo he apropiado, “autoinferido”, como una herida dolorosa, como una espina que se clava en el alma para dejar una marca indeleble con la que tendré que vivir el resto de mi vida. Como cuando me quebré el pie y tu me lo entablillaste. ¡Bendita herida! Desde ahora en adelante haré lo que siempre quise: Escribir. Todo lo demás es (o fue) una excusa: Títulos, grados, posiciones académicas. NADA. Soy escritor. Como nuestro recién galardonado antipoeta.
Madre confieso que no he vivido sino hasta ahora. Estuve en una tumba en la cual tuve que aprender y vivir con dolor. Madre estoy en Viña del Mar, estarías orgullosa, me mirarías con tus ojos brillantes y alegres, pero estarías preocupada.
Mi padre y tu me dieron hermanos y una hermana buenos e inteligentes y luchadores. En eso nos marcaron. Nos heredaron no sólo lo genético, sería un desperdicio si fuera sólo eso. Fue lo que ustedes nos entregaron en su lucha diaria, con su actitud, con sus acercamientos, con sus diálogos, afectos, emociones, compromisos e incluso con sus derrotas, lo que nos hizo ser lo que somos. Al principio no lograba  vislumbrarlo, con el tiempo con las experiencias de vida- como un experto cirujano- logré diferenciar lo que ustedes me entregaron.
Me enseñaron amar las letras. Me enseñaron a amar la vida, a tener compasión del más débil, a ser socialista, a amar a Dios (aunque no te confesabas creyente viejo querido)
Madre confieso que no viví sino hasta ahora. Desde la Caleta Portales escribo con un plato de corvina acompañado por un tinto de los dioses. Por mucho tiempo traté de renegar de la herencia de mis padres. De la pequeña figura de mi madre, silenciosa, firme, ensimismada, casi insignificante. Y también de la figura de mi padre. Pero, me he visto caminar por Valparaíso alegre, con o sin plata en los bolsillos. Hablar con el colectivero, saludar a todo el mundo, soltar alguna teoría política, argumentar contra el gobierno de turno. Comentar el último partido de fútbol, de los problemas de Everton en un negocio de comida rápida. O sencillamente transarme en una larga conversación con el conductor del micro bus a Valparaíso. Y ahí está la figura del viejo- mi padre. Creí que podría vivir sin ustedes, en realidad es por ustedes que vivo.
Vieja eras inteligente como muchas humildes mujeres esposas de obreros de tu época. Aprendiste, tejido, costura, defendías a tus hijos como una fiera. Eras humilde como las humildes madres de nuestra patria. Seguramente te desvelaste tratando de resolver ecuaciones que te permitirían llegar a final de mes con tu escueto presupuesto. Resolviste complejas fórmulas de micro economía pensando en el presente y futuro de tus hijos. Pero en todo eso callabas. Porque así eras tú. Caíste en el silencioso insomnio que luego te enfermó. Los sueños se te hicieron pesadillas, las ecuaciones se convirtieron en enigmas insolubles. La razón ya no pudo con la realidad. Creaste mundos paralelos. Viviste a veces, en tiempos inexistentes, emitiste palabras extrañas, hablaste y habitaste mundos desconocidos. Pensaste –como la Penélope de Jean Manuel  Serrat- en el lucho que con sus amigos hacía de las suyas, pero que volvería, a quien lo unía -como lo cantaste a veces, no un papel, sino el amor. El lucho te amaba y tu lo amabas a él, ¿Cómo entender que el viejo calló tu enfermedad? Te acompañó paciente, sufrido. Te levantó y siguieron juntos. Ustedes nos enseñaron a amar. Con ese amor sincero, apasionado, sufrido y sufriente. Este recuerdo me hace llorar.
En la ciudad de Concepción te esmeraste caminando entre Caupolicán, Maipú y Freire. Buscando lo más barato, pero de buena calidad para tener lo mejor para tus hijos. Los feriantes te conocieron no gastabas demás. Sólo lo preciso. Sufriste, nuevamente en silencio ante la partida del luchito (tu primer nieto amado). La bipolaridad de acompañó por 50 años, pero esa maldita enfermedad no empequeñeció tu figura, al contrario, con el tiempo la ha hecho aún más grande.
Termino con una historia. Una vez en una de esas visitas a la calle las Higueras, fue a visitar a “nani” una de las personas más buenas de la calle, siempre nos cuidaba y tenía expresiones de cariño hacia nosotros (de la familia Barril). Bueno, el negro me detuvo, y me contó una historia. Él siempre colocaba a la familia Seguel ejemplo, ante sus hijas, ¿Por qué? -le pregunté extrañado-. El me respondió que a pesar de que habíamos sufrido tanto con la enfermedad de la madre, nunca dejamos de cumplir con nuestros deberes, y todos habíamos estudiado en la universidad. Todos éramos profesionales. Para él eso era digno de imitar y lo enfatizaba a sus hijos e hijas. Y eso madre, te lo debemos a ti y al viejo, que cuando no estabas por tu enfermedad, él nos hacía la comida, después de llegar del turno de 3. Nunca faltamos al colegio, nunca dejamos de responder a nuestros deberes, eso fue lo que ustedes nos enseñaron, eso nos ha hecho ser lo que somos.
En el día de la madre, en recuerdo de mi vieja y la de mis hermanos. Escribo en mi pieza, en Viña del Mar a las 18.12 el Domingo 13 de Mayo del 2012.
Un saludo, en el día de las madres a mi esposa, la madre de mis hijos y mi cuñadas.
De Pedro, el escritor.

Escrito en una noche lluviosa de protesta en Concepción


Llueve en Concepción
Llueva copiosamente, llueve ruidosamente
Llueve rabia, impotencia, dolor
Rabia de años de postergación,
Impotencia porque los cambios que no llegan
Dolor por la educación.
Silencio
La ciudad calla
La ciudad duerme.
Pero los jóvenes están despiertos
Los jóvenes marchan,
Marchan por sus ideales,
Marchan por su futuro,
Gritan lo que otros nos acostumbramos a callar.
Dicen: ¡basta¡
Se mojan, entumecen, pero están vivos,
La vida les escurre por los poros,
Les salta a cada paso, en cada iniciativa.
Son el presente de nuestra sociedad,
Son el futuro de sus propias vidas.
Piensan, dialogan, reflexionan, se organizan, se oponen
Ellos son el presente, ellos son el futuro.
Dejó de llover,
La ciudad duerme,
La ciudad calla,
Los jóvenes descansan, sus agitados cuerpo reposan
…pero no callan. 

Escrito en recuerdo de mi madre- en su funeral


Alocución despedida de mi madre: Alicia Yolanda Garrido Cuevas, 1934 – 14 Febrero 2009
Nació el año 1934. Nuestro país vivía tiempos difíciles a nivel económico. Como vaticinio de lo que sería la vida de esta mujer que cuyo carácter curtió la adversidad. Era oriunda de San Rosendo. Estudio Secretariado en el Liceo de niñas, pero no lo término. Alumna brillante, destacada, con una memoria prodigiosa. No pudo terminar sus estudios, pues conoció a quien sería el amor de su vida y con quien compartió hasta la muerte, don Luis Mahomet Seguel Montecinos. Con quien fuera su esposo se radicaron en Medio Camino, arrendaron una casa. Allí nacieron los dos primeros hijos Luis Seguel Garrido, hijo mayor y José Roberto Seguel Garrido.  Cuando don Luis Seguel postuló a la naciente planta Huachipato-como obrero- y fue contratado en esta compañía, se mudaron a lo que sería “su casa”, en La Serena 362, Higueras Talcahuano. En aquel lugar nacieron Jorge Enrique Seguel Garrido, 4 años después Pedro Esteban Seguel Garrido (quien escribe estos recuerdos) y; finalmente, el concho, la única mujer, hija para la vejez –decía la tradición de esos tiempos-, Ester Magaly Seguel Garrido, le llamó como una reina bíblica. Pues ella fue la reina entre 4 varones.  Los hijos de Alicia Garrido eran su alegría, su orgullo, y fueron siempre su preocupación. Fue madre hasta que Dios se la llevó. Mamá fue la personificación de la mujer virtuosa que relata la Biblia. Cuidaba a sus hijos con energía, en la disciplina no le temblaba la mano, a veces, con severidad. Y si la cosa se había escapado, papá colocaba las cosas en su lugar con el cinturón. Mamá impuso el sentido de responsabilidad, el respeto. Vigilaba permanentemente los estudios.  Al llegar a Higueras se hizo de grandes amigas, como la señora Olga, la esposa del Señor Romero, y la gran mayoría de sus vecinos. Nunca tuvo una palabra inadecuada para alguien, era reservada-a veces demasiado me quejé alguna vez-. Era humilde, sencilla, nunca la vi darse lujos grandes, excepto sus cremas cuando era joven y hasta cuando el presupuesto lo permitió. Cuando no había lavadora, lavaba frazadas, colchones, sabanas a la intemperie en la tina de cemento del patio. Hervía el agua con madera, incluso en invierno y luego procedía a lavar. No se hacía problema, era una mujer menuda, pero fuerte. Cocinaba pan amasado para la familia. Los cuatro hombres comíamos por un regimiento, así que había que alimentarlos.
A través de Huachipato participó en un curso de modas. Era joven, inteligente, esposa de huachipatino. El dinero no faltaba. Pero para ella, acostumbrada al rigor de la escaces, nunca faltaba, se las rebuscaba, en las liquidaciones,  tenía sus “caseros en la vega” de los jueves en la Calle Carlos  Dittborn, en su entrañable Higueras. Cuando se comprometía a pagar, pagaba hasta el último peso. No le gustaba deber a nadie. Era una mujer confiable. Así lo entendieron las casas comerciales de Concepción ese tiempo. Nunca tuvo problemas para comprar todo lo que su hogar necesitaba. Siempre escogía lo mejor, pero lo más económico. Nunca derrochaba el dinero. Aprendió costura y tejido. Compraba cuanta revistas de moda, costura y tejido se editara -uno de sus grandes lujos-. Con el tiempo fue capaz de copiar el molde de un vestido con solo verlo. Tuvo su Remington (no me acuerdo de la marca de la primera máquina de coser ) a pedales, luego una Singer. De esa máquina incansable salieron pastalones, vestidos, trajes, todo para su familia. Pero especialmente se destacaba en crear chalecos para sus hijos. Y escribo crear pues, no sólo que copiaba los moldes, los miraba, los observaba y luego tejía incansablemente. Miraba y si le gustaba, era capaz de “sacar” el punto.
Nunca faltó el regalo de cumpleaños, o el saludo para el santo –a pesar de ser muy evangélica-, para cada uno de sus hijos. Si no era algo especial, era un chaleco salido de sus propias manos. Era una tejedora de excepción. Inteligente, creativa, sistemática, incansable. De una memoria prodigiosa. Cuidaba cada pedazo de género de mezclilla, que Huachipato entregaba a sus empleados para su provecho. La ropa era comprada 2 tallas más grande para que durara 2 años y duraba. La ropa del Colegio nunca faltaba. Era un acontecimiento ir a comprar las cosas del Colegio, todo olía a nuevo y se probaba y guardaba hasta que llegara el momento de usarse. Siempre había cuidado en ello. La consigna de los padres era: “La única herencia que te podemos dejar es la educación” o “tu trabajo es estudiar”. Así que había que responder. Pero eso no nos impidió ser felices. Muy felices. Incluso enfrentando la enfermedad de mamá. Siempre había una sonrisa, una talla, un chiste. Cuando nos reuníamos como familia, hasta ahora, somos felices, por el sólo hecho de estar juntos.
Otra cosa, que casi se pierde en los vericuetos oscuros de la memoria es que a mamá le gustaba cantar. Si cantaba, himnos cristianos, escuchaba música. Cantaba boleros. Tengo un vago recuerdo de canciones de cuna, que arrullaban la niñez. Con una hermosa voz de soprano. Pues tenía una preciosa voz. (¿Me habré inventado este recuerdo? Mis hermanos y hermana tienen la palabra) 
Recuerdo, que en una oportunidad, los “viejotes”, serían luchín, Roberto, Jorge ( le tendría que echar la culpa a Roberto), hacían una broma que estaba de moda. Colocaban zapatos encima de la puerta y llamaban a la víctima. Entonces, la persona ingenua, llegaba la pieza y le caían los zapatos Cap, en la cabeza. La risa era sonora, generosa, compartida. 
La máxima de la madre era “de un huevo comieron cien y el último se empachó”, este dicho era la excusa que tenían los padres para compartirlo todo. La abundancia y la escases. Mamá siempre se preocupó de que “todos” tocaran. Siempre trató de ser justa, aunque a veces tenía preferencias por el más débil- que en un tiempo tuve el privilegio de serlo. Especialmente cuando me quebré mi pie izquierdo. Los más chicos teníamos privilegios. Como cuando Ester Magaly y Pedro Esteban se quedaban con la mamá en la cocina mirando como cocinaba mientras el humo del vapor llenaba la cocina y el sabor de las exquisitas comidas llenaba de vitalidad la casa, y ella deslizaba una rica taza de porotos recién salidos de la olla y nos compartía la exquisitez. O sencillamente, nos pasaba la cabeza del congrio o la apancora y nosotros –Magaly y yo- comíamos con sumo cuidado. A tal punto que la tía Lucy se admiraba de que niños tan pequeños no se atoraran con los pequeños huesos de los pescados y mariscos. Si mariscos, pues era una ley en casa que debía comerse pescado una vez en la semana. Incluso, hubo épocas en que la Sierra era la comida del Domingo. Cuando estábamos enfermos había una atención especial. Pero no soportaba la flojera, la desidia, el que nos quedáramos hasta tarde en la cama. Si los grandotes de mis hermanos se burlaban de mí cuando preguntaba: “¿mamá, dónde nací yo?”, -ellos bromeaban, riéndose (¿Qué raro no?) con ese humor negro sarcástico que nos caracterizó, pero con una risa franca y generosa como las que compartíamos en la familia  - “naciste en un bote de cochayuyo en el puerto”. Saltaba, pronta, indignada,  la mamá y decía, “no mijito-no les haga caso a estos grandotes- usted nació en el hospital higueras (y mi cara brillaba de alegría, mamá había aclarado mi mundo. Bueno para ser honestos, pero nunca mi piel).
Era una fiera cuando se trataba de sus hijos. Salvó a Jorge Enrique cuando en Hualquí fue picado por una Araña, lo llevó al hospital. Y cuando Pedro Esteban, travieso siguiendo a Jorge, el hermano mayor, se  subió a un aromo de la Serena y se calló y se quebró el fémur- una quebradura delicada. Ella lo cargó desde la Serena 362 hasta el hospital Higueras, previamente  entablilló su pierna, lo cual lo salvó de perderla. Una vez le pregunté: ¿Mamá, cuando me quebré la pierna, me llevaste en carretilla? Ella respondió, como siempre lacónica, pero certera: “No, te llevé en brazos”. Esa respuesta aclaró mis dudas.  
Era exigente. Eso lo aprendimos de ella. No aceptaba que le faltáramos el respeto a los mayores. Que faltáramos al Colegio o a nuestros deberes escolares, incluso, aunque estuviéramos enfermos. En el Colegio los profesores siempre tenían la razón. No se le podía discutir este axioma. Fue conocida y respetada en los Colegios donde estudiaron sus hijos. La Claudio Matte Pérez y el Liceo Industrial de Higueras. Los padres- especialmente los nuestros- no aceptaban los vicios. El padre decía: “mientras no puedan pagar los vicios, no pueden tenerlos”. Ni cigarrillos ni alcohol, pobres de nosotros y si nos “pillaba” fumando. En una oportunidad cuando tenía 13 o 14 años volvía de conversar con mis amigos en el paradero 7 y de fumarme unos cigarrillos con ellos. Yo había dejado de ir a la iglesia Bautista Higueras donde me había llevado Jorge. Ella me esperó al término de la escalera en el segundo piso. silenciosa, seria.  Me preguntó, ¿Dónde andabas? ¿Estabas fumando? No alcance a responderle, sólo pensaba la respuesta, cuando una certera bofetada cayó en mi mejilla. Ahí terminó la conversación. Quedó claro. Nunca más fumé. Al poco tiempo empecé a ir a la Iglesia Bautista Higueras. No le gustaba la iglesia, pues no era espiritual. Ella había participado en iglesia Pentecostal, así que la iglesia bautista era una iglesia fría. Pero se alegraba de que siguiéramos en camino del Señor. Oraba por la familia, oraba por nosotros.
Ella nos legó la fe. Mujer de fe, de oración. Los días Domingos colocaba en la radio los programas cristianos para que los escucháramos. Era evangélica, siempre con su pelo tomado y nada de maquillaje. No le gustaban las pinturas en las mujeres.
Era una mujer sencilla, de pocas palabras, humilde, no se hacía problemas de compartir un plato de comida con quien lo necesitara. Con un carácter fuerte. Fiel. Ambos, nunca tuvieron alguna palabra acerca de las personas que elegimos para pololear o para casarnos. Eran una tumba. Respetaban las decisiones de sus hijos. A veces pensé que por falta de preparación, o de timidez. Pero con el tiempo he valorado esa actitud, de respeto a la intimidad de la vida de sus hijos.
Lo que marcó la vida de doña Alicia fueron sus hijos. De los cuales me he referido ya. Y su enfermedad. Después del nacimiento de Jorge Enrique, ella enfermó de “sobre parto”-como se decía en esos tiempos-. Desde ahí en  adelante, su esposo y la familia fuimos marcados por una “bipolaridad” –fue el último diagnóstico que me entregó la psiquiatra que la atendió en el Hospital Higueras - que nos hizo madurar rápidamente. Sufrió los tratamientos psiquiátricos de la época. Fuimos testigos de primera mano, incluso inconscientemente de todos los tratamientos médicos que se “experimentaban” con las personas que sufrían de enfermedades psiquiátricas. Estuvo internada. De allá volvía sana, pero destruida. Le aplicaron “electroshock”. Eso la dejaba completamente desolada. Incluso desarrollaba miedo a ese tipo de tratamiento. Luego, vinieron los tratamientos medicamentosos. Pastillas para dormir, para los nervios, para mantenerse controlada, etc. De ahí en adelante, tuvimos que luchar para que se tomara las pastillas, engañarla, maniatarla, sujetarla, etc. Duele recordar eso. En ese tiempo no se hablaba de “tratar a la familia”. Pues, creo con el paso del tiempo, que todos nos fuimos enfermando. Esa terrible enfermedad fue minando su alegría, su fuerza, su voluntad. Cuando empezaba con los síntomas de su enfermedad, nos dábamos cuenta, empezaba a hablar más de la cuenta, decía groserías, salía mucho, dejaba sus responsabilidades habituales. No dormía, gritaba, cantaba canciones cristianas o boleros. Estaba con la luz prendida gran parte de la noche, cocinaba o lavaba. Era terrible. A veces se perdía, por semanas, no sabíamos dónde estaba, regalaba las cosas de la casa, nos desconocía, nos garabateaba, hacía pedazos la casa. En otras ocasiones, cuando se le encontraba o volvía, desfigurada, con ropa que no era de ella, con su pelo suelto, había que amarrarla, sujetarla, sostenerla, darle sus remedios. Nos trataba de lo peor, éramos malos, no éramos sus hijos. Jorge siempre dice que él llevó gran parte de la enfermedad de mamá. En realidad todos la sufrimos. Con el tiempo se logró controlar la enfermedad. Los medicamentos fueron más efectivos y ella logró, especialmente posterior a la muerte de papá vivir mejor. Estar más tranquila.
Hay que ser justos. Esa misma enfermedad terrible, de la cual en esos tiempos nada se sabía. Fue esa enfermedad la que nos enseñó como familia a enfrentar los problemas. A asumir las dificultades. La que curtió nuestro carácter. Hoy los psicólogos le llaman a eso resiliencia. En lo personal, luche mucho tiempo con Dios respecto a entender, ¿Por qué nosotros como familia habíamos enfrentados tamaña prueba? Un día, en un retiro de un verano de Misiones de JUCUM (Juventud con una Misión), Dios en oración me enfrentó con el Salmo 139, y me enseñó que, si bien había pasado la tristeza, nunca había estado sólo, pues Dios conoce todas las cosas. Me había escogido desde el vientre de mi madre y aunque había sido rebelde. Él conocía todo lo que yo había pasado. Eso me consoló y me ayudó para superar la frustración de esa experiencia. Si en muchos casos, hemos sido capaces, como hijos, hermanos (a) de salir adelante, de ser responsables a pesar de todo. De levantarnos cuando tendríamos que habernos quedado postrados. Eso lo forjamos en el fuego terrible de la prueba de la enfermedad de doña Alicia Garrido Cuevas, nuestra madre.       
A ella no lo gustaba hablar del tema. Una vez, en su cumpleaños que celebramos en Playa Blanca, Jorge Enrique quiso hablar de lo que nos había marcado aquella experiencia, ella lo miró seria, y le dijo: “Jorge a mi no me gusta recordar esas cosas”. Hasta ahí quedó la conversa. Jorge quedó descolocado. Los demás tratamos de seguir con la celebración. De ella no salían palabras contra nuestro padre, o sobre su enfermedad. Conversé muchas veces con ella siendo adulto, pastor, no había caso.
Pero a pesar de dicha enfermedad. Ella se las arregló para criar sus 5 hijos. El mayor Luis Seguel, atleta destacado, profesor de educación Física hijo ilustre de Lota, padre de familia. José Roberto Seguel Garrido, Ingeniero de Ejecución Eléctrica de la Universidad del Bío-Bío, atleta destacado en su juventud, padre de familia, empresario próspero. Jorge Enrique Seguel Garrido, Ingeniero de Ejecución Eléctrica de la Universidad del Bío-bío, deportista destacado, seleccionado de hockey en su  juventud, con vena de escritor, medio poeta, responsable padre de familia.  Pedro Esteban Seguel Garrido, la oveja negra, no fue deportista, aprendió a tocas guitarra –una guitarra que Jorge le regaló y que compró en la cárcel -  Profesor de Filosofía, Bachiller en teología del Seminario Teológico Bautista, Pastor Bautista, Magister en Filosofía Moral de la Universidad de Concepción, responsable padre de familia. Ester Magaly Seguel Garrido, ingeniero, destacada deportista de patinaje artístico de Huachipato, madre preocupada, sufrida. Magaly fue la hija que la madre tuvo para la vejez. Así fue. Quizás, me enteré con el tiempo, la que más sufrió la enfermedad de la mamá, por el sólo hecho de ser mujer y haberse quedado a vivir con ella. Magaly vivió con ella hasta el último momento. Sufrió la enfermedad de la mamá en la última etapa. La supo entender como mujer. Magaly la hermana menor, le dio la alegría de la nieta, Nicol. Siempre la mamá tuvo especial atención en ella. Pero, sería injusto si no expresara que se preocupaba por todos sus nietos. Sintió la partida de luchito, el nieto mayor. Sufrió en silencio la partida de luchito. Se preocupaba por los estudios de Robert, Toto,… por su nieta, Nico, Angie, Jorgito  por Jaime, el segundo hijo de Luis. Por Rebeca y Esteban. No era expresiva, pero tenía cuidado de toda su familia. A veces, en aquellas conversaciones que teníamos en la casa de Higueras, me preguntaba, me comentaba.                      
Siempre estaremos agradecidos por nuestra madre. Quise escribir estas líneas para que su recuerdo quede grabado en el papel y en nuestras memorias.
Este escrito lo dedico a mis hermanos y hermana. A quienes admiro y me siento orgulloso de ser parte de la familia que en la cual Dios tuvo la oportunidad de criarnos. A mis padres, que hoy descansan de sus labores. A quienes con el tiempo pude entender, amar y respetar.

Concepción, 16 de Febrero de 2009   

Escrito por Pedro Esteban Seguel Garrido, recuperado en Enero del 2012. 

Sobre el escribir

A veces escribo, no siempre. Pero escribo. Tengo la pretensión ilusoria de que algo de lo que pienso tendrá una vida menos efímera que la mía. Qué alguien leerá alguna vez estas disquisiciones. Que salvarán del paso del tiempo, trascenderán- la gran pretensión del ser humano en su historia. Que a alguien en alguna parte le importará que en una pequeña parte del mundo-en Chile alguien se de a la tarea de pensar. Que aún se tenga la osadía de pensar la realidad.
No me interesa tener la anuencia de la academia, el apuro de las implacables exigencias del mercado académico. Creo que podría responder a él. Ganarme unos pesos, una posición, unos morlacos más. Sería agradable. Tener una vida, una piocha de una gran institución de educación, un ternito y estar en un oficina que tiene reconocimiento público en una institución universitaria. Sería bonito. Pero no me interesa venderme al mercado globalizado de la educación chilena. Quiero más que eso, aunque que tenga recibir menos, esperar mucho más. 
Quiero pensar, pensar y escribir, porque soy persona, porque tengo opinión, porque para eso he estudiado algunas cosas, por algún tiempo. No quiero sólo pensar lo que otros han pensado, quiero pensar por mi mismo acerca de la realidad, de mi realidad. De esta realidad de todos los días, de esta realidad que nos aplasta, pero no nos es tan inmediata, por los mismo tan desconocida. Pero no me refiero sólo a "lo que está a la mano", sino también a lo político, religioso, histórico, social y cultural.
Por eso escribo.
Concepción, 26,27 de enero 2011

Sobre el 31 de Octubre día de las iglesias evangélicas

Sobre la constitución del 31 de Octubre como el día de las iglesias evangélicas. El 10 de Octubre de 2008 la Presidente de la República...