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Confieso que no he vivido- Día de las madres 2012


Confieso que no he vivido, en recuerdo de mi madre (y mi padre)
En el día de la madre
Como Sartre escribo en los restaurantes y sobre las servilletas y como el viejo Pablo Neruda escribo sobre lo cotidiano (Estoy cerca de una de las casas de aquel viejo poeta vividor); y como el loco lúcido de Nietzsche nada de lo humano me es desconocido.
Confieso madre –en tu día, día de la madre- que hace poco he comenzado a vivir. Madre desde hoy soy escritor. No es título más en mi curriculum, no me lo ha dado la academia. Me lo he apropiado, “autoinferido”, como una herida dolorosa, como una espina que se clava en el alma para dejar una marca indeleble con la que tendré que vivir el resto de mi vida. Como cuando me quebré el pie y tu me lo entablillaste. ¡Bendita herida! Desde ahora en adelante haré lo que siempre quise: Escribir. Todo lo demás es (o fue) una excusa: Títulos, grados, posiciones académicas. NADA. Soy escritor. Como nuestro recién galardonado antipoeta.
Madre confieso que no he vivido sino hasta ahora. Estuve en una tumba en la cual tuve que aprender y vivir con dolor. Madre estoy en Viña del Mar, estarías orgullosa, me mirarías con tus ojos brillantes y alegres, pero estarías preocupada.
Mi padre y tu me dieron hermanos y una hermana buenos e inteligentes y luchadores. En eso nos marcaron. Nos heredaron no sólo lo genético, sería un desperdicio si fuera sólo eso. Fue lo que ustedes nos entregaron en su lucha diaria, con su actitud, con sus acercamientos, con sus diálogos, afectos, emociones, compromisos e incluso con sus derrotas, lo que nos hizo ser lo que somos. Al principio no lograba  vislumbrarlo, con el tiempo con las experiencias de vida- como un experto cirujano- logré diferenciar lo que ustedes me entregaron.
Me enseñaron amar las letras. Me enseñaron a amar la vida, a tener compasión del más débil, a ser socialista, a amar a Dios (aunque no te confesabas creyente viejo querido)
Madre confieso que no viví sino hasta ahora. Desde la Caleta Portales escribo con un plato de corvina acompañado por un tinto de los dioses. Por mucho tiempo traté de renegar de la herencia de mis padres. De la pequeña figura de mi madre, silenciosa, firme, ensimismada, casi insignificante. Y también de la figura de mi padre. Pero, me he visto caminar por Valparaíso alegre, con o sin plata en los bolsillos. Hablar con el colectivero, saludar a todo el mundo, soltar alguna teoría política, argumentar contra el gobierno de turno. Comentar el último partido de fútbol, de los problemas de Everton en un negocio de comida rápida. O sencillamente transarme en una larga conversación con el conductor del micro bus a Valparaíso. Y ahí está la figura del viejo- mi padre. Creí que podría vivir sin ustedes, en realidad es por ustedes que vivo.
Vieja eras inteligente como muchas humildes mujeres esposas de obreros de tu época. Aprendiste, tejido, costura, defendías a tus hijos como una fiera. Eras humilde como las humildes madres de nuestra patria. Seguramente te desvelaste tratando de resolver ecuaciones que te permitirían llegar a final de mes con tu escueto presupuesto. Resolviste complejas fórmulas de micro economía pensando en el presente y futuro de tus hijos. Pero en todo eso callabas. Porque así eras tú. Caíste en el silencioso insomnio que luego te enfermó. Los sueños se te hicieron pesadillas, las ecuaciones se convirtieron en enigmas insolubles. La razón ya no pudo con la realidad. Creaste mundos paralelos. Viviste a veces, en tiempos inexistentes, emitiste palabras extrañas, hablaste y habitaste mundos desconocidos. Pensaste –como la Penélope de Jean Manuel  Serrat- en el lucho que con sus amigos hacía de las suyas, pero que volvería, a quien lo unía -como lo cantaste a veces, no un papel, sino el amor. El lucho te amaba y tu lo amabas a él, ¿Cómo entender que el viejo calló tu enfermedad? Te acompañó paciente, sufrido. Te levantó y siguieron juntos. Ustedes nos enseñaron a amar. Con ese amor sincero, apasionado, sufrido y sufriente. Este recuerdo me hace llorar.
En la ciudad de Concepción te esmeraste caminando entre Caupolicán, Maipú y Freire. Buscando lo más barato, pero de buena calidad para tener lo mejor para tus hijos. Los feriantes te conocieron no gastabas demás. Sólo lo preciso. Sufriste, nuevamente en silencio ante la partida del luchito (tu primer nieto amado). La bipolaridad de acompañó por 50 años, pero esa maldita enfermedad no empequeñeció tu figura, al contrario, con el tiempo la ha hecho aún más grande.
Termino con una historia. Una vez en una de esas visitas a la calle las Higueras, fue a visitar a “nani” una de las personas más buenas de la calle, siempre nos cuidaba y tenía expresiones de cariño hacia nosotros (de la familia Barril). Bueno, el negro me detuvo, y me contó una historia. Él siempre colocaba a la familia Seguel ejemplo, ante sus hijas, ¿Por qué? -le pregunté extrañado-. El me respondió que a pesar de que habíamos sufrido tanto con la enfermedad de la madre, nunca dejamos de cumplir con nuestros deberes, y todos habíamos estudiado en la universidad. Todos éramos profesionales. Para él eso era digno de imitar y lo enfatizaba a sus hijos e hijas. Y eso madre, te lo debemos a ti y al viejo, que cuando no estabas por tu enfermedad, él nos hacía la comida, después de llegar del turno de 3. Nunca faltamos al colegio, nunca dejamos de responder a nuestros deberes, eso fue lo que ustedes nos enseñaron, eso nos ha hecho ser lo que somos.
En el día de la madre, en recuerdo de mi vieja y la de mis hermanos. Escribo en mi pieza, en Viña del Mar a las 18.12 el Domingo 13 de Mayo del 2012.
Un saludo, en el día de las madres a mi esposa, la madre de mis hijos y mi cuñadas.
De Pedro, el escritor.

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