Alocución
despedida de mi madre: Alicia Yolanda Garrido Cuevas, 1934 – 14 Febrero 2009
Nació el año 1934. Nuestro país vivía tiempos difíciles a
nivel económico. Como vaticinio de lo que sería la vida de esta mujer que cuyo
carácter curtió la adversidad. Era oriunda de San Rosendo. Estudio Secretariado
en el Liceo de niñas, pero no lo término. Alumna brillante, destacada, con una
memoria prodigiosa. No pudo terminar sus estudios, pues conoció a quien sería
el amor de su vida y con quien compartió hasta la muerte, don Luis Mahomet
Seguel Montecinos. Con quien fuera su esposo se radicaron en Medio Camino,
arrendaron una casa. Allí nacieron los dos primeros hijos Luis Seguel Garrido,
hijo mayor y José Roberto Seguel Garrido.
Cuando don Luis Seguel postuló a la naciente planta Huachipato-como
obrero- y fue contratado en esta compañía, se mudaron a lo que sería “su casa”,
en La Serena 362, Higueras Talcahuano. En aquel lugar nacieron Jorge Enrique
Seguel Garrido, 4 años después Pedro Esteban Seguel Garrido (quien escribe
estos recuerdos) y; finalmente, el concho, la única mujer, hija para la vejez
–decía la tradición de esos tiempos-, Ester Magaly Seguel Garrido, le llamó como
una reina bíblica. Pues ella fue la reina entre 4 varones. Los hijos de Alicia Garrido eran su alegría,
su orgullo, y fueron siempre su preocupación. Fue madre hasta que Dios se la
llevó. Mamá fue la personificación de la mujer virtuosa que relata la Biblia. Cuidaba
a sus hijos con energía, en la disciplina no le temblaba la mano, a veces, con
severidad. Y si la cosa se había escapado, papá colocaba las cosas en su lugar
con el cinturón. Mamá impuso el sentido de responsabilidad, el respeto.
Vigilaba permanentemente los estudios.
Al llegar a Higueras se hizo de grandes amigas, como la señora Olga, la
esposa del Señor Romero, y la gran mayoría de sus vecinos. Nunca tuvo una
palabra inadecuada para alguien, era reservada-a veces demasiado me quejé
alguna vez-. Era humilde, sencilla, nunca la vi darse lujos grandes, excepto
sus cremas cuando era joven y hasta cuando el presupuesto lo permitió. Cuando
no había lavadora, lavaba frazadas, colchones, sabanas a la intemperie en la
tina de cemento del patio. Hervía el agua con madera, incluso en invierno y
luego procedía a lavar. No se hacía problema, era una mujer menuda, pero
fuerte. Cocinaba pan amasado para la familia. Los cuatro hombres comíamos por
un regimiento, así que había que alimentarlos.
A través de Huachipato participó en un curso de modas.
Era joven, inteligente, esposa de huachipatino. El dinero no faltaba. Pero para
ella, acostumbrada al rigor de la escaces, nunca faltaba, se las rebuscaba, en
las liquidaciones, tenía sus “caseros en
la vega” de los jueves en la Calle Carlos
Dittborn, en su entrañable Higueras. Cuando se comprometía a pagar,
pagaba hasta el último peso. No le gustaba deber a nadie. Era una mujer
confiable. Así lo entendieron las casas comerciales de Concepción ese tiempo.
Nunca tuvo problemas para comprar todo lo que su hogar necesitaba. Siempre
escogía lo mejor, pero lo más económico. Nunca derrochaba el dinero. Aprendió
costura y tejido. Compraba cuanta revistas de moda, costura y tejido se editara
-uno de sus grandes lujos-. Con el tiempo fue capaz de copiar el molde de un
vestido con solo verlo. Tuvo su Remington (no me acuerdo de la marca de la
primera máquina de coser ) a pedales, luego una Singer. De esa máquina
incansable salieron pastalones, vestidos, trajes, todo para su familia. Pero
especialmente se destacaba en crear chalecos para sus hijos. Y escribo crear
pues, no sólo que copiaba los moldes, los miraba, los observaba y luego tejía incansablemente.
Miraba y si le gustaba, era capaz de “sacar” el punto.
Nunca faltó el regalo de cumpleaños, o el saludo para el
santo –a pesar de ser muy evangélica-, para cada uno de sus hijos. Si no era
algo especial, era un chaleco salido de sus propias manos. Era una tejedora de
excepción. Inteligente, creativa, sistemática, incansable. De una memoria
prodigiosa. Cuidaba cada pedazo de género de mezclilla, que Huachipato
entregaba a sus empleados para su provecho. La ropa era comprada 2 tallas más
grande para que durara 2 años y duraba. La ropa del Colegio nunca faltaba. Era
un acontecimiento ir a comprar las cosas del Colegio, todo olía a nuevo y se
probaba y guardaba hasta que llegara el momento de usarse. Siempre había
cuidado en ello. La consigna de los padres era: “La única herencia que te podemos
dejar es la educación” o “tu trabajo es estudiar”. Así que
había que responder. Pero eso no nos impidió ser felices. Muy felices. Incluso
enfrentando la enfermedad de mamá. Siempre había una sonrisa, una talla, un
chiste. Cuando nos reuníamos como familia, hasta ahora, somos felices, por el
sólo hecho de estar juntos.
Otra cosa, que casi se pierde en los vericuetos oscuros
de la memoria es que a mamá le gustaba cantar. Si cantaba, himnos cristianos,
escuchaba música. Cantaba boleros. Tengo un vago recuerdo de canciones de cuna,
que arrullaban la niñez. Con una hermosa voz de soprano. Pues tenía una
preciosa voz. (¿Me habré inventado este recuerdo? Mis hermanos y hermana tienen
la palabra)
Recuerdo, que en una oportunidad, los “viejotes”, serían
luchín, Roberto, Jorge ( le tendría que echar la culpa a Roberto), hacían una
broma que estaba de moda. Colocaban zapatos encima de la puerta y llamaban a la
víctima. Entonces, la persona ingenua, llegaba la pieza y le caían los zapatos
Cap, en la cabeza. La risa era sonora, generosa, compartida.
La máxima de la madre era “de un huevo comieron cien y el
último se empachó”, este dicho era la excusa que tenían los padres para
compartirlo todo. La abundancia y la escases. Mamá siempre se preocupó de que
“todos” tocaran. Siempre trató de ser justa, aunque a veces tenía preferencias
por el más débil- que en un tiempo tuve el privilegio de serlo. Especialmente
cuando me quebré mi pie izquierdo. Los más chicos teníamos privilegios. Como
cuando Ester Magaly y Pedro Esteban se quedaban con la mamá en la cocina
mirando como cocinaba mientras el humo del vapor llenaba la cocina y el sabor
de las exquisitas comidas llenaba de vitalidad la casa, y ella deslizaba una
rica taza de porotos recién salidos de la olla y nos compartía la exquisitez. O
sencillamente, nos pasaba la cabeza del congrio o la apancora y nosotros
–Magaly y yo- comíamos con sumo cuidado. A tal punto que la tía Lucy se
admiraba de que niños tan pequeños no se atoraran con los pequeños huesos de
los pescados y mariscos. Si mariscos, pues era una ley en casa que debía
comerse pescado una vez en la semana. Incluso, hubo épocas en que la Sierra era
la comida del Domingo. Cuando estábamos enfermos había una atención especial.
Pero no soportaba la flojera, la desidia, el que nos quedáramos hasta tarde en
la cama. Si los grandotes de mis hermanos se burlaban de mí cuando preguntaba:
“¿mamá, dónde nací yo?”, -ellos bromeaban, riéndose (¿Qué raro no?) con ese
humor negro sarcástico que nos caracterizó, pero con una risa franca y generosa
como las que compartíamos en la familia
- “naciste en un bote de cochayuyo en el puerto”. Saltaba, pronta,
indignada, la mamá y decía, “no mijito-no
les haga caso a estos grandotes- usted nació en el hospital higueras (y mi cara
brillaba de alegría, mamá había aclarado mi mundo. Bueno para ser honestos,
pero nunca mi piel).
Era una fiera cuando se trataba de sus hijos. Salvó a Jorge
Enrique cuando en Hualquí fue picado por una Araña, lo llevó al hospital. Y
cuando Pedro Esteban, travieso siguiendo a Jorge, el hermano mayor, se subió a un aromo de la Serena y se calló y se
quebró el fémur- una quebradura delicada. Ella lo cargó desde la Serena 362
hasta el hospital Higueras, previamente
entablilló su pierna, lo cual lo salvó de perderla. Una vez le pregunté:
¿Mamá, cuando me quebré la pierna, me llevaste en carretilla? Ella respondió,
como siempre lacónica, pero certera: “No, te llevé en brazos”. Esa respuesta
aclaró mis dudas.
Era exigente. Eso lo aprendimos de ella. No aceptaba que
le faltáramos el respeto a los mayores. Que faltáramos al Colegio o a nuestros
deberes escolares, incluso, aunque estuviéramos enfermos. En el Colegio los
profesores siempre tenían la razón. No se le podía discutir este axioma. Fue
conocida y respetada en los Colegios donde estudiaron sus hijos. La Claudio
Matte Pérez y el Liceo Industrial de Higueras. Los padres- especialmente los
nuestros- no aceptaban los vicios. El padre decía: “mientras no puedan pagar los vicios, no pueden tenerlos”. Ni
cigarrillos ni alcohol, pobres de nosotros y si nos “pillaba” fumando. En una
oportunidad cuando tenía 13 o 14 años volvía de conversar con mis amigos en el
paradero 7 y de fumarme unos cigarrillos con ellos. Yo había dejado de ir a la
iglesia Bautista Higueras donde me había llevado Jorge. Ella me esperó al
término de la escalera en el segundo piso. silenciosa, seria. Me preguntó, ¿Dónde andabas? ¿Estabas fumando?
No alcance a responderle, sólo pensaba la respuesta, cuando una certera
bofetada cayó en mi mejilla. Ahí terminó la conversación. Quedó claro. Nunca
más fumé. Al poco tiempo empecé a ir a la Iglesia Bautista Higueras. No le
gustaba la iglesia, pues no era espiritual. Ella había participado en iglesia
Pentecostal, así que la iglesia bautista era una iglesia fría. Pero se alegraba
de que siguiéramos en camino del Señor. Oraba por la familia, oraba por
nosotros.
Ella nos legó la fe. Mujer de fe, de oración. Los días
Domingos colocaba en la radio los programas cristianos para que los
escucháramos. Era evangélica, siempre con su pelo tomado y nada de maquillaje.
No le gustaban las pinturas en las mujeres.
Era una mujer sencilla, de pocas palabras, humilde, no se
hacía problemas de compartir un plato de comida con quien lo necesitara. Con un
carácter fuerte. Fiel. Ambos, nunca tuvieron alguna palabra acerca de las
personas que elegimos para pololear o para casarnos. Eran una tumba. Respetaban
las decisiones de sus hijos. A veces pensé que por falta de preparación, o de
timidez. Pero con el tiempo he valorado esa actitud, de respeto a la intimidad
de la vida de sus hijos.
Lo que marcó la vida de doña Alicia fueron sus hijos. De
los cuales me he referido ya. Y su enfermedad. Después del nacimiento de Jorge
Enrique, ella enfermó de “sobre parto”-como se decía en esos tiempos-. Desde
ahí en adelante, su esposo y la familia
fuimos marcados por una “bipolaridad” –fue el último diagnóstico que me entregó
la psiquiatra que la atendió en el Hospital Higueras - que nos hizo madurar
rápidamente. Sufrió los tratamientos psiquiátricos de la época. Fuimos testigos
de primera mano, incluso inconscientemente de todos los tratamientos médicos
que se “experimentaban” con las personas que sufrían de enfermedades
psiquiátricas. Estuvo internada. De allá volvía sana, pero destruida. Le
aplicaron “electroshock”. Eso la dejaba completamente desolada. Incluso
desarrollaba miedo a ese tipo de tratamiento. Luego, vinieron los tratamientos
medicamentosos. Pastillas para dormir, para los nervios, para mantenerse
controlada, etc. De ahí en adelante, tuvimos que luchar para que se tomara las
pastillas, engañarla, maniatarla, sujetarla, etc. Duele recordar eso. En ese
tiempo no se hablaba de “tratar a la familia”. Pues, creo con el paso del
tiempo, que todos nos fuimos enfermando. Esa terrible enfermedad fue minando su
alegría, su fuerza, su voluntad. Cuando empezaba con los síntomas de su
enfermedad, nos dábamos cuenta, empezaba a hablar más de la cuenta, decía
groserías, salía mucho, dejaba sus responsabilidades habituales. No dormía, gritaba,
cantaba canciones cristianas o boleros. Estaba con la luz prendida gran parte
de la noche, cocinaba o lavaba. Era terrible. A veces se perdía, por semanas,
no sabíamos dónde estaba, regalaba las cosas de la casa, nos desconocía, nos
garabateaba, hacía pedazos la casa. En otras ocasiones, cuando se le encontraba
o volvía, desfigurada, con ropa que no era de ella, con su pelo suelto, había
que amarrarla, sujetarla, sostenerla, darle sus remedios. Nos trataba de lo
peor, éramos malos, no éramos sus hijos. Jorge siempre dice que él llevó gran
parte de la enfermedad de mamá. En realidad todos la sufrimos. Con el tiempo se
logró controlar la enfermedad. Los medicamentos fueron más efectivos y ella
logró, especialmente posterior a la muerte de papá vivir mejor. Estar más
tranquila.
Hay que ser justos. Esa misma enfermedad terrible, de la
cual en esos tiempos nada se sabía. Fue esa enfermedad la que nos enseñó como
familia a enfrentar los problemas. A asumir las dificultades. La que curtió
nuestro carácter. Hoy los psicólogos le llaman a eso resiliencia. En lo
personal, luche mucho tiempo con Dios respecto a entender, ¿Por qué nosotros
como familia habíamos enfrentados tamaña prueba? Un día, en un retiro de un
verano de Misiones de JUCUM (Juventud con una Misión), Dios en oración me
enfrentó con el Salmo 139, y me enseñó que, si bien había pasado la tristeza,
nunca había estado sólo, pues Dios conoce todas las cosas. Me había escogido
desde el vientre de mi madre y aunque había sido rebelde. Él conocía todo lo
que yo había pasado. Eso me consoló y me ayudó para superar la frustración de
esa experiencia. Si en muchos casos, hemos sido capaces, como hijos, hermanos
(a) de salir adelante, de ser responsables a pesar de todo. De levantarnos
cuando tendríamos que habernos quedado postrados. Eso lo forjamos en el fuego
terrible de la prueba de la enfermedad de doña Alicia Garrido Cuevas, nuestra
madre.
A ella no lo gustaba hablar del tema. Una vez, en su
cumpleaños que celebramos en Playa Blanca, Jorge Enrique quiso hablar de lo que
nos había marcado aquella experiencia, ella lo miró seria, y le dijo: “Jorge a mi no me gusta recordar esas cosas”.
Hasta ahí quedó la conversa. Jorge quedó descolocado. Los demás tratamos de
seguir con la celebración. De ella no salían palabras contra nuestro padre, o
sobre su enfermedad. Conversé muchas veces con ella siendo adulto, pastor, no
había caso.
Pero a pesar de dicha enfermedad. Ella se las arregló
para criar sus 5 hijos. El mayor Luis Seguel, atleta destacado, profesor de educación
Física hijo ilustre de Lota, padre de familia. José Roberto Seguel Garrido,
Ingeniero de Ejecución Eléctrica de la Universidad del Bío-Bío, atleta
destacado en su juventud, padre de familia, empresario próspero. Jorge Enrique
Seguel Garrido, Ingeniero de Ejecución Eléctrica de la Universidad del Bío-bío,
deportista destacado, seleccionado de hockey en su juventud, con vena de escritor, medio poeta,
responsable padre de familia. Pedro
Esteban Seguel Garrido, la oveja negra, no fue deportista, aprendió a tocas
guitarra –una guitarra que Jorge le regaló y que compró en la cárcel - Profesor de Filosofía, Bachiller en teología
del Seminario Teológico Bautista, Pastor Bautista, Magister en Filosofía Moral
de la Universidad de Concepción, responsable padre de familia. Ester Magaly
Seguel Garrido, ingeniero, destacada deportista de patinaje artístico de
Huachipato, madre preocupada, sufrida. Magaly fue la hija que la madre tuvo
para la vejez. Así fue. Quizás, me enteré con el tiempo, la que más sufrió la
enfermedad de la mamá, por el sólo hecho de ser mujer y haberse quedado a vivir
con ella. Magaly vivió con ella hasta el último momento. Sufrió la enfermedad
de la mamá en la última etapa. La supo entender como mujer. Magaly la hermana
menor, le dio la alegría de la nieta, Nicol. Siempre la mamá tuvo especial
atención en ella. Pero, sería injusto si no expresara que se preocupaba por
todos sus nietos. Sintió la partida de luchito, el nieto mayor. Sufrió en
silencio la partida de luchito. Se preocupaba por los estudios de Robert,
Toto,… por su nieta, Nico, Angie, Jorgito
por Jaime, el segundo hijo de Luis. Por Rebeca y Esteban. No era
expresiva, pero tenía cuidado de toda su familia. A veces, en aquellas
conversaciones que teníamos en la casa de Higueras, me preguntaba, me
comentaba.
Siempre estaremos agradecidos por nuestra madre. Quise
escribir estas líneas para que su recuerdo quede grabado en el papel y en
nuestras memorias.
Este escrito lo dedico a mis hermanos y hermana. A
quienes admiro y me siento orgulloso de ser parte de la familia que en la cual
Dios tuvo la oportunidad de criarnos. A mis padres, que hoy descansan de sus
labores. A quienes con el tiempo pude entender, amar y respetar.
Concepción, 16 de Febrero de 2009
Escrito por Pedro Esteban Seguel Garrido, recuperado en
Enero del 2012.
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