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En recuerdo de mi viejo

Coleccionista de Cachivaches


Coleccionista de “cachivaches”[1].
O reconciliándome con los recuerdos de mi padre
Mi viejo era un gran coleccionista de cachivaches. Para comenzar coleccionaba boletos de la “micro” (micro: desvencijado[2] medio de transporte colectivo utilizado entre los 70 y 80 en Chile), subir a la “micro” lo doblaba y colocaba en su anillo de oro macizo. En dichos tiempos los hombres adultos usaban anillos de oro para expresar virilidad y poder económico. Hasta colecciones de libros que dejaba en un pequeño mueble que se encontra en el living de la casa (¿Dónde habrá quedado ese mueble?)
Me recuerdo haber pasado horas enteras, revisando una caja de fierros que tenía en el cuartucho del patio. Ese cuartucho que fue gallinero, casa de juego de los más chicos, leñera, etc., hasta que , un día, me atreví a derribarlo ante la resistencia de mis padres. Los fierros venían de Huachipato. Es que el viejo era “Huachipatino”. Puchas que era importante ser Huachipatino. Esa empresa que fabricaba acero y que pagaba muy bien a sus trabajadores. No sólo les dio trabajo, sino que creo villas enteras en Higueras y Talcahuano. Esa empresa dignificó a personas humildes, venidas del campo, de las clases más humildes de chile, y les entregó un espacio para vivir.
Los fierros fueron parte de nuestra niñez. Jugábamos “al pique” un fierro largo con punta que lanzábamos a la tierra humedad de los lluviosos y fríos inviernos de Talcahuano, en los cuales cuando no llovía, salíamos a la calle raudos a jugar al “pique”. Era verdaderos desafíos. En un semicírculo de medio metro aproximadamente, dibujado con precisión en la tierra, unido por una línea se colocaban bolitas, polcas, o en el mejor de los casos, monedas, de 10 escudos o 1 peso. Se tiraba con fuerza el fierro y si se le acertaba a alguno de estos tesoros y si salía del semicírculo que tenía casi la forma de un pez, pasaba a ser parte del tesoro personal. Jugábamos también al “aro”, un fierro circular de acero que se impulsaba con un largo fierro delgado que en la punta tenía un doblez que permitía albergar al aro de acero. Con este aro corríamos toda la cuadra, la calle e incluso las calles vecinas. No era fácil, había que tener mucha precisión para mantener el equilibrio. Pasamos horas corriendo con dicho objeto.
Pero mi viejo no sólo coleccionaba fierros. Se agregaban a la colección, monedas y billetes de las procedencias más increíbles. Perú, Argentina, Colombia, EE.UU. entre otros. Hasta hoy me pregunto, ¿De dónde las habrá sacado? ¿De entre sus conocidos de Pedro del Río bajo?¿De sus amigos del Club el Aguila Penquista?¿De sus amigos de juerga en la bodega o en sus largas tardes-noches de brisca? No sé. Pero ahí estaban en un cofrecito pequeño, en que guardaba aquellos grandes tesoros. Pero el asunto no paraba allí. El viejo coleccionaba revistas de los más diversos tipos. Desde el Fausto, que en la época ya era vieja, pasando por el Mampato, Revistas Estadio, las revistas del Domingo del Diario el Sur. Diario que compraba religiosamente. Recuerdo haber pasado horas leyendo las historias de esas viejas revistas. Pero a las colecciones se agregaban los álbumes, sobre Vida Animal, la historia de Chile, la regionalización (ya en el gobierno militar), el cuerpo humano, todo lo que fuera educativo se coleccionaba. El viejo nos daba el dinero para comprar las láminas y acompañaba a buscar la más difícil. Se las jugaba. Había que completar el álbum.
En una oportunidad de mis juegos de niño, seguí a Jorge, ¿Cómo no seguirlo si era mi hermano mayor?, hasta el cerro que estaba terminando la calle La Serena. No tengo idea cómo subí a un aromo inmenso y, tampoco sé cómo, me caí. Casi pierdo la pierna izquierda. Mi madre me la salvó. Ella me entablilló y me llevó al Hospital Higueras en sus brazos (eso me aclaró ella, me llevó en brazos, aproximadamente unas 10 cuadras). Tendría 5 o 6 años. Bueno la historia podría quedar hasta ahí. Sería emotiva (Mi hermano Jorge aclararía que gracias a eso recibió una tremenda paliza, quizás por eso, de ahí en adelante, siempre estuvo cerca de mí, a veces, protegiéndome). Pero lo más entretenido fue después de esa caída. Estuve medio año con todo el pie izquierdo enyesado. Perdí ese año en el colegio Claudio Matte (¿No es fantástico?). Adivinen. Mi viejo me compró todas las revistas de comics que fuera posible comprar. Eso fue lo más entretenido. Yo creo que de ahí me viene el amor por la lectura. En esa oportunidad pude y tuve leer historias de Pato Donald, el Zorro, que no se dejaba atrapar por el Sargento Huatón, Tribilín, El llanero solitario con su fiel amigo el indio, Batman y Robín (en ese tiempo no se dudaba de su sexualidad) relatos de la Segunda Guerra Mundial (en aquellos relatos, los soldados norteamericanos eran los bueno y quienes salían victoriosos), gocé historias de la independencia de los Estados Unidos, entre al mundo de Mampato, me emocioné con los Barrabases, ¡Qué partidos los de los barrabases! Fueron kilos de revistas que tuve ese año para pasar el tiempo en cama con el pie enyesado. Mis amigos me iban a ver. 4 o 5 de ellos alrededor de la cama y las revistas antes mencionadas, era entretenido. Yo era chico. ¿Pero saben qué sucedió? Al pasar el tiempo, sin percatarme, me empecé a dar cuenta que la cantidad de revistas bajó considerablemente. Fue ahí que intuí, por primera vez, que las visitas de mis amigos no eran desinteresadas. Esas revistas quedaron en algún lugar escondido de la casa de Higueras o habrán terminado en algún negocio de viejos de Concepción. Quizás fue el inicio de la pérdida de la inocencia de la infancia.
Pero las colecciones más importantes del viejo fueron, por un lado, los libros de Quimantú. Esa colección de obras clásicas de editó la Unidad Popular, para educar al pueblo. Breves historias de autores clásicos, autores rusos, cuentos, etc. Una joya. Ahí leí a Tolstoi, Dostovieski, Baldomero Lillo, entre otros autores. Esa colección se tornó un peligro de muerte el año 73, año del Golpe Militar. Me recuerdo haber visto a mi viejo buscar por la casa todos los libros de la colección y además, otros libros de carácter político, que contenían esas nocivas ideas de socialismo y comunismo. Las reunió, las puso en una bolsa y las enterró en el patio de la casa. De ahí en adelante, no se habló de política, ni se leyó a los autores rusos. A estos los recuperé en la universidad en mi tiempo de estudiante de Filosofía. Leí a casi todo Dostovieski (esos libros se salvaron de la barbarie que cometieron los soldados al inicio del gobierno militar; los milicos, así aprendimos a decirles durante la Dictadura, entraron a la Universidad de Concepción y quemaron todos los libros que tuviesen como tema el comunismo). En el periodo universitario, leí también a Kafka, gusto que compartimos con mi amigo Julio Torres, en la época del pregrado.
Para terminar, el viejo hizo algo que para la época y su humilde origen social, era extraordinario. Compró colecciones completas de Enciclopedias de distintos temas. La más importante fue Salvat. Se compraba por fascículos en los Kioskos todas las semanas y había que armarla. Una colección preciosa. También una colección de sobre ciencia y tecnología, se me escapa el nombre. Los libros de la historia de la Guerra del Pacífico, Adios al Séptimo de Línea. Había otro libro en dicha biblioteca que era de la historia de la formación del Puerto de Talcahuano. Otro diccionario Enciclopedico. Los forjadores del Mundo Moderno. La revista Estadio, las colecciones de la mamá, Vanidades y Tejidos. No creo haber visto en la casa de los vecinos, una colección tan grande de libros, como la que había en el living de la casa los papás. Puede que se me queden en el tintero algunos títulos. Pero, si no están todos. Mis hermanos mayores, Luis, Roberto y Jorge, podrán recordarme si alguno quedó olvidado. No sé si Magaly, la hermana menor, recuerde este tiempo
En esos largos y fríos inviernos en que llovía semanas completas (en dicho tiempo en Abril llovía a cántaros y, en el invierno la lluvia podía durar una semana), recuerdo haber pasado horas revisando esos tomos. Mi preferida era la Colección de Salvat. Aprendí de Arte, literatura, vida animal, países, todo estaba ahí para hacer las tareas. Nombres extraños, comportamiento de los animales, tribus desconocidas, biología, física, química, electricidad, biografías de los grandes hombres que aportaron a la formación del mundo moderno. Músicos, artistas, sus pinturas, científicos, políticos, períodos de la historia. Primera y Segunda Guerras Mundiales, Iroshima y Nagasaki. Descubrimientos, inventos, procesos de elaboración del Acero, materias primas producidas por Chile, sobre el Salitre y su impacto en la economía Chilena en la década del 30, la importancia del Cobre, sobre la industria del papel, cómo se construye una represa y se genera energía eléctrica, cómo Holanda logró resolver el problema de sus tierras bajas, la vida en áfrica y en otras culturas completamente distintas a las nuestras. Era interminable leer esas colecciones. Ese tesoro estaba ahí. En el living de mi casa. El viejo las cuidaba como “hueso santo”.
Creo que de ahí me viene esto de ser coleccionista de “cachivaches”. Ahora me siento a leer libros para buscar en ellos la sabiduría de otros y encontrar minucias históricas y filosóficas. Sobre el helenismo y cristianismo. Sobre el keryma y la parénesis de cristianismo primitivo. Ese es el tema de mi tesis de Magister en el lejano 2009. Estoy dictando un curso en la Universidad de Concepción que trata acerca de “humanismo renacentista, protestantismo y mundo moderno”. Me siento durante varias horas de la semana, como cuando cabro chico en Higueras, en esas largas tarde de invierno, en que llovía a cántaros, y me dedicó a buscar tesoros en los antiguos libros que pido en la Biblioteca de la Universidad de Concepción. Me resulta fascinante. Es como estar ahí de nuevo. Con mi madre en la cocina, preparando el almuerzo, la casa temperada por la estufa a parafina. El viejo en el Trabajo o durmiendo, porque tiene turno de noche (podre de nosotros si con nuestros juegos lo despertábamos). Afuera lloviendo eternamente y yo, sentado leyendo esas maravillosas historias que hablan de otros mundos, otras gentes, otras costumbres, otros tiempos.
No crean que por querer reconciliarme con el recuerdo de mi viejo, me olvidaré de mi madre. ¿De dónde me viene esta memoria elefantástica[3] para recordar las cosas más mínimas que parecían olvidadas en los escondrijos de las localizaciones cerebrales de mi mente. Pues de doña Alicia Yolanda Garrido Cuevas. Mi Madre. Tenía una memoria de “elefante”. Era brillante. Mi viejo no lo hizo mal, ¿Cuánto tiempo paso para poder decirlo? Pero el viejo nos legó una colección de cachivaches que permitió que tuviera amor por los libros, la lectura, la investigación, el conocimiento. Soy un coleccionista de cachivaches. 
Pedro Seguel Garrido
En recuerdo de don Luis Mahomet Seguel Montecinos y Doña Alicia Yolanda Garrido Cuevas.
Concepción, Campus Universitario
Abril 2009 [1]m. desp. Utensilio u objeto arrinconado por inútil. Está es: http://www.wordreference.com/definicion/cachivache[2] destartalado[3] Expresión recién acuñada por mí para designar la prodigiosa memoria de mi madre

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