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Nota personal
Hace 21 años atrás, en 1988, habiendo egresado del pregrado como “Profesor de filosofía” me atreví a incursionar en un tema de historia de la filosofía Antigua: “la idea del hombre bueno en Platón”. El profesor guía fue el Dr. Patricio Oyaneder Jara (Al final de ese mismo año, me recuerda mi esposa, había nacido mi primer hijo, Esteban, quien hoy tiene 21 años). El desafío en esa oportunidad fue leer diacrónicamente a Platón desde las obras tempranas a las de la etapa madura. En dicha pesquisa el propósito era ahondar en la idea del hombre virtuoso, según lo entendía Platón.
Al terminar mis estudios el profesor Patricio Oyaneder me desafió a tomar el Magister en Filosofía de la Universidad de Concepción y continuar con una línea investigativa que era de mi interés, se trataba de la influencia helénica en el cristianismo primitivo. Tema que, por lo demás estaba conectado con el anterior. Además, tenía la ventaja de ser parte de la inquietud del propio profesor Oyaneder en ese momento y, de un librito de W. Jeager, “la paideía griega y el cristianismo primitivo”. En dicha oportunidad no quise (¿o no pude?) seguir esa línea de formación personal y profesional. Tenía otras inquietudes en mente. Especialmente en el ámbito de la formación teológica. Desde segundo de mis estudios universitarios había entrado a estudiar Teología en un pequeño Instituto que la iglesia bautista mantenía en Concepción, el Instituto Teológico Bautista de Concepción dependiente del Seminario Teológico Bautista de Chile. En ese momento el Director de Instituto era el misionero Dr. Roberto Bates (hoy se encuentra retirado en los EE.UU), quien se constituyó en mi mentor en el plano pastoral y teológico. Luego, pude terminar mis estudios formales en el Seminario Teológico Bautista gracias a la gestión de quien era en ese momento Decano Mg. Josué Fonseca (hoy en Inglaterra con su familia cursando estudios de postgrado en teología), lo que me permitió obtener el grado de Bachiller en Teología del Seminario Teológico Bautista. En Marzo del 1992 nació mi hija Rebeca Ester. En todo ese tiempo, durante 14 años, me desempeñé como profesor de filosofía y religión en el Colegio Bautista de Concepción. En 1994 entre a la Comunidad Teológica Evangélica como profesor de Filosofía. Actualmente soy el Director de esta sede en Concepción. En esta institución he enseñado, además de filosofía, el curso de Reformas protestantes del siglo XVI e influencias del helenismo en el cristianismo primitivo.
Posteriormente, durante 8 años fui llamado al pastorado en la iglesia Bautista de Barrio Norte en Concepción, trabaje allí entre los años 1997 a 2005 Fue una época muy intensa de servicio a las personas en los ámbitos social y espiritual. Pero siempre tuve la inquietud, ya en ese tiempo, de volver a estudiar. Mi idea era continuar estudiando teología. No resultó así. Pero se presentó una oportunidad que no pude desperdiciar. Hace 4 años postulé al Magister en Filosofía de la Universidad de Concepción, mi alma mater. En la universidad recuperé afectos que habían estado en paréntesis por años, profesoras y profesores, espacios, relaciones que fueron fundamentales en mi formación personal y profesional. Tengo que mencionar en este aspecto nuevamente al Dr. Patricio Oyaneder, conocer o reconocer al director del Programa de Magister Dr. Rodrigo Pulgar y, finalmente, un compañero de pregrado Dr. Julio Torres Melendez (ahora como docente de la universidad). La universidad me dio la posibilidad de una beca para el Magister. Eso solucionó parte del problema para poder estudiar. Pero el desafío era mucho mayor. ¿Podría responder a este nuevo desafío? El tiempo lo diría.
Lo interesante de todo este periplo vital es que recuperé el tema de la tesis, ahora con el respaldo de los estudios teológicos realizados, presenté la tesis al profesor guía Dr. Patricio Oyaneder Jara. Bueno, para ambos, ni para nadie, el tiempo pasa en vano. El es Decano de la Facultad de Humanidades y Arte. Así y todo, aceptó ser mi tutor. ¿Por qué? Definitivamente no tengo la respuesta. Pero creo que puedo definir este afecto en una palabra: Amistad. Es una amistad (me atrevo a expresarlo) que nació del respeto mutuo, de la inquietud intelectual, de la exigencia académica, de encontrar a una persona que siendo tan distinta, a la vez, es capaz de dialogar de manera franca, de mirarlo a uno de igual a igual, de exigirle al máximo y de sacar de uno lo mejor. No sé. Él tendrá su propia respuesta a una pregunta como esa. No me atrevo a incursionar en un terreno tan personal. Pero debo decir algo más, en mi camino de formación personal y académica he tenido el privilegio de encontrarme con personas que han aportado a mi formación con valores que fueron más allá de lo meramente académico. Eso es lo que dejo explícito y agradezco.
Quiero finalmente dejar una nota de agradecimiento a todos los profesores del departamento de filosofía de la Universidad de Concepción que cual más cual menos dejaron una huella importante en mi formación personal. Mencionar en particular al profesor Dr. Marco Antonio Ramis y al Profesor Dr. Alejandro Bancalari (del departamento de historia). Al profesor Bancalari tuve la oportunidad de conocerlo en la última parte del Magister en un curso de historia, sin embargo, fue un gran motivador en el tema que investigué.
Esta nota personal se origina en mi necesidad de hacer todo, no por una obligación impuesta institucionalmente. Antes bien, si he incursionado en el terreno de la influencia helénica en el kerigma y la parénesis del cristianismo primitivo, tiene que ver con un desafío personal de pensar mi propia fe de una manera racional, histórica. Quizás eso tenga relación con la formación que me entregó la Universidad de Concepción. Me resisto a tener una fe que no se cuestione incluso sus propios fundamentos. Una fe que se doblegue ante la institucionalidad. Que guarde silencio y no pregunte. Me parece que eso tiene que ver con la herencia del pensamiento griego entre nosotros.
Una parte de los 90 años que cumple la Universidad de Concepción tienen que ver con mi propia formación académica. Esta “segunda naturaleza” que es la educación le permite a uno definirse como persona a partir de este fondo académico que le entrega el alma mater. Por eso finalmente, agradezco a la Universidad de Concepción por el tiempo de los estudio de pre y postgrado.
Pedro Seguel Garrido
Campus universitario, Agosto 2009
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